A mí Baricco me cae bastante mal desde su Hegel y las vacas de Wisconsin. En el ensayo hablaba de la música contemporánea en términos de los años cincuenta, como si después de Boulez y del Stockhausen serial no hubiera nada interesante que oír (¿qué pasa con Ligeti, Gorecki, Grisey y todos estos compositores que buscaban una música audible, disfrutable y en definitiva, bella?) Ya me encargaré de este asunto. Pero lo que quería decir es que Baricco me sigue cayendo mal. No me parece un tipo simpático ni agradable, por lo que le leo. Seguro que es un egoísta que se lo tiene creído. Y con razón. No hay que ser muy despierto para darse cuenta de que la prosa de Baricco está plagada de inteligencia, y en el caso de City, de sentido del humor (sus otras novelas suelen ser más serias). Y eso hace que me caiga peor aún. Y lo digo con sana envidia.
jueves, 27 de septiembre de 2012
lunes, 24 de septiembre de 2012
Experimento literario (II)
Pues ahora sí que sí, aquí va el origen de cada párrafo y las conclusiones del estudio después de escuchar todos vuestros argumentos:
domingo, 23 de septiembre de 2012
Un experimento literario (I)
El otro día me dio por realizar un experimento con mis amigos y conocidos, y tengo que confesar que me movía más la curiosidad que un propósito prefijado. Tenía esa intuición científica de la que habla Russell, esa idea de que al final la hipótesis sería cierta. Pero la idea inicial estaba borrosa, no era más que una mancha informe.
domingo, 16 de septiembre de 2012
2666, de Roberto Bolaño
Ya llega Bolaño jodiendo: tenía yo mi blog perfectamente maquetado y no puedo poner el título de su póstuma novela en mayúsculas delante de su nombre, como suelo hacer con las reseñas. Y es que Bolaño es así. Te lees “Cómo no escribir una novela” de Mittelmark y Newmann y puedes hacer una lista de casi todos esos errores en 2666, pero mágicamente, funcionan, y conspiran contra el lector para que acabe aceptando que la literatura es otra cosa muy diferente que una receta de cocina.
jueves, 30 de agosto de 2012
Lista de acciones de terrorismo literario en la biblioteca
He aquí diez acciones que puedes hacer en tu biblioteca pública (o privada) si quieres contribuir a alguna de las numerosas causas de terrorismo literario:
—coger el Ulises de Joyce, Dialéctica de la Ilustración de Adorno, Apuntes sobre la Estética de Hegel y el último número de Science. Acercarte a la ventanilla para sacarlos y preguntarle al bibliotecario si tienen ya la autobiografía de Belén Esteban.
—Ir a la biblioteca con una regla de veinte centímetros en el bolsillo del pantalón, bien visible, que se note el bulto, y preguntarle al bibliotecario por el estante de literatura erótica.
—coger tres ejemplares de Apocalipsis de Stephen King. Acercarte al bibliotecario para sacarlos, y cuando te pregunte por qué, decir: «Qué más da, si todos los libros de Stephen King son iguales».
—buscar a un hombre que se parezca terriblemente al bibliotecario. En serio, tiene que ser una copia fidedigna. Pagarle veinte euros para que entre en la biblioteca y pregunte si tienen El hombre duplicado de Saramago.
—coger el último tomo de En busca del tiempo perdido, sentarte en cualquier banco de la biblioteca y leer las últimas tres páginas. Al acabar, gritar: “vaya pérdida de tiempo”.
—coger Lolita de Nabokov, La máquina de follar de Bukowsky y Sexus de Miller y ponerlos en el estante de literatura infantil (os recuerdo que los libros no tienen un sistema de clasificación por edades).
—preguntar al bibliotecario si tienen ya la última novela de Falete.
—que a los dos minutos de haber preguntado por la última novela de Falete, entre un amigo tuyo a preguntarle lo mismo al bibliotecario. Es fundamental poner cara de impaciencia.
—colocar un ejemplar de Cómo no escribir una novela, de Mittelmark y Newman al lado de todos los libros de Dan Brown.
—Empezar a leer todos los libros de la biblioteca por orden alfabético de autores. Primero se sacan todos los de la A, luego los de la B, y así sucesivamente. Cuando haya que sacar el primer libro de la K, saltar automáticamente a la Q. Ir al bibliotecario, darle el libro y mirarlo fijamente a los ojos. Mientras apunta los libros, decir: «¿Qué? ¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Algún problema?».
—coger el Ulises de Joyce, Dialéctica de la Ilustración de Adorno, Apuntes sobre la Estética de Hegel y el último número de Science. Acercarte a la ventanilla para sacarlos y preguntarle al bibliotecario si tienen ya la autobiografía de Belén Esteban.
—Ir a la biblioteca con una regla de veinte centímetros en el bolsillo del pantalón, bien visible, que se note el bulto, y preguntarle al bibliotecario por el estante de literatura erótica.
—coger tres ejemplares de Apocalipsis de Stephen King. Acercarte al bibliotecario para sacarlos, y cuando te pregunte por qué, decir: «Qué más da, si todos los libros de Stephen King son iguales».
—buscar a un hombre que se parezca terriblemente al bibliotecario. En serio, tiene que ser una copia fidedigna. Pagarle veinte euros para que entre en la biblioteca y pregunte si tienen El hombre duplicado de Saramago.
—coger el último tomo de En busca del tiempo perdido, sentarte en cualquier banco de la biblioteca y leer las últimas tres páginas. Al acabar, gritar: “vaya pérdida de tiempo”.
—coger Lolita de Nabokov, La máquina de follar de Bukowsky y Sexus de Miller y ponerlos en el estante de literatura infantil (os recuerdo que los libros no tienen un sistema de clasificación por edades).
—preguntar al bibliotecario si tienen ya la última novela de Falete.
—que a los dos minutos de haber preguntado por la última novela de Falete, entre un amigo tuyo a preguntarle lo mismo al bibliotecario. Es fundamental poner cara de impaciencia.
—colocar un ejemplar de Cómo no escribir una novela, de Mittelmark y Newman al lado de todos los libros de Dan Brown.
—Empezar a leer todos los libros de la biblioteca por orden alfabético de autores. Primero se sacan todos los de la A, luego los de la B, y así sucesivamente. Cuando haya que sacar el primer libro de la K, saltar automáticamente a la Q. Ir al bibliotecario, darle el libro y mirarlo fijamente a los ojos. Mientras apunta los libros, decir: «¿Qué? ¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Algún problema?».
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